viernes, 15 de agosto de 2025

En las profundidades




Estaba lavando los platos. Eran muchos platos. Montañas y montañas de platos. Le tomó aproximadamente tres cuartas partes del día limpiarlos casi en su totalidad, lo cual no hubiera sido tan problemático de no ser por su estatura. Era chaparro, muy chaparro, como esas personas que se quedan a medio crecer y ya de muy grandes parecen, o más bien amenazan, dar otro estirón. Pero no fue su caso, él se quedó así, a medio crecer y con la necesidad de acompañar sus pasos con un banquillo. 

Sobre su banquillo lavaba los platos, uno a uno, como si fuera su última labor y como si no quisiera que terminase. Porque los platos nunca terminan, ni esos extraños pensamientos que corren cual pura sangre en los prados. Los suyos no eran ovejas que saltan de una en una. Mucho menos eran lobos, o coyotes, aunque a veces es cierto que tendían a volverse colibríes o algún pájaro cantor. Pensaba y divagaba al lavar las cucharas y al pretender que los grandes cuchillos —grandes para sus minúsculas manos— eran sables con los cuales empujaba a las almas desventuradas sobre la plancha. 

Esa plancha astillada, de tiempo inexacto y tan larga como estrecha.  

El agua comienza a desbordarse y caer sobre sus pequeños pies. Teme que el banquillo también se desborde, o que lo traicione. Con una mueca de asco y resignación se dispone a quitar el tapón que no deja correr la corriente. Pero en ese momento algo sucede. Algo que corre del prado, del galope inocente de su imaginario, y que salta a las profundidades y en ellas se instala. Sumerge la mano. El agua es fría, de extraña consistencia, y pese a que sus brazos más bien se asemejan a los de un tiranosaurio, con la ayuda de su banquillo no le es imposible tocar fondo. ¡Cuál fue su sorpresa al no hallarlo!  

Tiene la certeza de que algo lo tocó, mas ello es imposible. Imposible. Al sacar el brazo no lo reconoce. Ya pasan de las 18 horas. Ya el ocaso se cuela por las rendijas de la ventana. En su último atisbo de luz, antes de resignarse a prender el foco —aunque sus ideas ciertamente son más bien de mecha—, algo de intenso fulgor asomó en el fregadero, algo se escuchó, o se dejó escuchar, desde sus profundidades. ¡De la impresión casi se cae de su banquillo! 

Con el corazón al redoble de nuestro final, con los labios temblorosos, las manos acuosas y bañadas en sales de lo inefable; se acercó al borde de la plancha. Apenas su cabecita destacaba por sobre la misma. El agua puerca se meneaba con ajena mocedad. Otro más escapó del prado, se zambulló. Él lo siguió, sumergió la cabeza sin chistar.  

Por la ventana se cuela la noche, en lo alto parpadea el incandescente foquito, cansado. Entra el aire en la estancia, dejando tras de sí el eco del banquillo al caer. De él no quedó nada salvo los platos que no terminó de lavar.


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