Un nuevo relato desde "El Canto del Tecolote".
La luna bajo el nahual
Más de dieciséis años han pasado desde que Alfaro intentó su mayor acto artístico, antes de haber atentado contra su vida. Dieciséis años desde que se incorporó con el ruido blanco zumbando en los oídos, con el vacío en el pecho, el silencio, la extrañez de los colores que se dijo ya no habría de ver, no más, y que sin embargo le reciben con la incandescente luz de la sala de urgencias. Dieciséis años siendo acosado por las mismas sombras, los mismos susurros.
Él no lo sabe, no tiene forma de hacerlo, pero la noche en que se dispuso a consumar su existencia, lo arropaba una luna llena. En el claro de su esplendor, su misericordia, vuela al ras de nuestra humanidad su guardián, su mensajero, el mandatario de quien alberga un alma, de quien la cela, de quien la codicia. Es en sus ojos de ceguera, de tiempo y secretos, donde el destino de Alfaro se esboza.
Luego de su acto frustrado, comenzó a ser otro, comenzó el infierno de estar muerto en vida. Bajo el arrullo de nuestra treta, lo puedes ver sentado en la barra de la asfixiante cocina del departamento, con un mini pastel frente suyo, abandonado hasta por su sombra. Imagina que los pocos sitios que hay están ocupados por esas personas que jamás conoció, que la ausencia devoró.
A pocos pasos se halla la estancia, con un minúsculo sofá. Sin ningún problema, se dice a sí mismo, hay espacio para animar la fiesta con cantos y baile. Él no canta y no baila. En su intento de vida se ha dedicado a buscar plasmar su obsesión en la realidad. Esos ojos, ese ulular, esa aura de magia, de lo desconocido, lo inefable.
A veces sueña que no ha despertado, que sigue colgando de ese marco. Escucha el murmullo de las siluetas, le eriza la piel.
Sólo entra la luz de la luna, llena otra vez. La sala en penumbras. Él cree ver la fiesta, casi puede oler el aire caliente del cigarro, de las palabras sueltas, el griterío. Seguramente la vecina de al lado se levantaría para mandarles callar. Alfaro sería diplomático, comprensivo, pero muy en el fondo sabe y espera que lo hagan bailar hasta que les alcance el amanecer. Absorto en sus pensamientos, en sus ilusiones, no admiró la intromisión del nahual.
Siempre anheló ser artista, plasmar el tormento de las miradas, el estallido del alma y sus colores. Darle un espacio al terror de la psique, a la pasión desenfrenada, a las voces que nadie quiere escuchar. Tantas veces quiso tomar un color, empezar un verso, aunque sea una línea, trazar el indulgente “había una vez…” de sus tantas historias. Mas ahora no hace más que vivir borracho de fantasía, soledad e incongruencia.
Vuela la noche, ulula su cantar. Alfaro se entrega a la ilusión, al festejo, ajeno a la pluma que lenta cae, desde la luna hasta su coronilla. La lúgubre cocina del departamento se inunda de luz, de movimiento. Es entonces que despierta de su letargo, vuela a su destino, su perdición. La música lo atrapa, el candor de la compañía lo hace bailar con paso fúnebre.
Es en el reflejo de la noche donde ve cómo un buen amigo le extiende otra cerveza. Con la mirada señala la entrada, a Beatriz, que con su andar glamoroso palpita su quietud, su vastedad. Piensa que de haber tenido una vida, ella sin duda habría sido su amor. Pero no hay nada. Nada.
Está convencido de que todo es culpa de las sombras que desde aquella noche lo han perseguido, que le hacen saber que después de esta fiesta no habrá más. Es por las marcas en el cuello que no han parado de arder, el recuerdo de su último acto, la última función.
En medio del trance, del delirio, Alfaro parpadea, mirando la sombra y la verdad, la luz de mentira, la otra cara del otro rostro. ¿A quién pertenecen estas palabras? ¿De quién son los ojos que se abren a su encuentro? Acaso en soledad su alma ha erigido otro tormento.
Parpadea y la noche lo devora con su plumaje, se lanza a su yugular. Le extirpa el alma y se va. Caen sus plumas y lo dejan bailando, vacío, en la oscuridad. Es esta misma alma la que alguien más ha de utilizar. Vuelta palabras, con ella alguien escribió: “La luna bajo el nahual”.

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